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Crónica de un sueño cumplido

   Una ley de esas escritas en ninguna parte pero que todos conocen dice que a partir de las tres de la madrugada todo lo que se diga o escriba no serán más que tonterías.  Pues bien, son las cuatro y puedo jurar que nunca he compuesto algo con tanto sentido.

     Hace varios años se dio en mi vida un cúmulo de maravillosas casualidades. Una de ellas fue encontrarles. Internet me dio a leer una frase, y la manía de saber el por qué de todo, que los años y la carrera han maquillado como interés periodístico, hizo el resto. Desde entonces se convirtieron en una prolongación de mi imaginación y de cualquier técnica investigativa que conociera: encontrar cada canción suponía un nuevo quebradero de cabeza, casi como intentar escuchar la voz de quien habla en susurros. Aligeraban mis tardes. Endulzaban mis pasos.  Ponían las tildes a lasDSCN1845 palabras kamikaces que se queman en el aire melancólico de los domingos. Sin hacer ruido, sólo melodía, llegaron a ser la única cafeína que no me hace mal.

    Mucho es el tiempo que ha pasado y muchos los momentos a los que han servido de banda sonora, desde alegrías tontas con sabor a sonrisas hasta tristezas que sólo pueden expresarse hundiendo la cabeza en la almohada y el alma en lágrimas. Siempre ahí. Invisibles en mi rutina y envueltos en esa magia de lo que pocos conocen y aún menos disfrutan.

  Y hoy se han materializado. Tras semanas balanceándome entre notas musicales, por fin pude unirme a ellas sin necesidad de un auricular. Los primeros momentos paralizaron el corazón; los segundos, el tiempo. Sin darme cuenta he repasado mi vida, las anécdotas que todos saben y los momentos que con esfuerzo reservo. He disfrutado de cada movimiento, de cada mirada encendida, cada canción. Por primera vez no he tenido reparos en mirar de frente y decir “soy feliz”. Lo que para muchos sólo sería un simple concierto para mí se ha convertido en un sueño cumplido, concretamente ese tan pequeño que es capaz de alumbrar cada paso y darnos esa pincelada que nos diferencia del resto.

   Pero sin alguien con quien compart irlo, esto se queda cojo, le falta fuerza, alma, realidad. Y he tenido la suerte de poder vivirlo con una de las mejores personas que he tenido la suerte de conocer, que un paso más atrás, guardiana del momento, disfrutaba de mi cara de niña mientras lo que la rodeaba era simplemente música de fondo.

 

Miss Caffeína en Elche

  Hace unas semanas me dijiste “voy sólo porque te hace feliz”, y no hay mejor frase que se pueda escuchar. Te debo muchas, muchísimas. Pero esta ha superado todo. Por la preocupación y el empeño que el has puesto a esta extraña tarea que debe ser la de estar siempre ahí más allá del tiempo y el lugar. Por esos ánimos y la iniciativa que siempre me falta. Por ese CD que hoy dormirá arropado por una dedicatoria en mi mesita de noche, junto a un bolígrafo felizmente usado y un puñado de buenos momentos que ordenar cuando llegue el sol. Pero sobre todo porque has vuelto a dejarme sin palabras una vez más. Porque todos los abrazos serán pocos para agradecer el haber hecho de mi sueño el tuyo. Sólo me queda seguir siendo tu “sis” y demostrarlo a lo largo del camino. Y volver a repetirlo todas las veces que pueda, para ver si en alguna de ellas, por casualidad, las palabras se ponen a la altura de su propio significado. Eres grande Anita, muy grande. Un millón de gracias por hacerme más feliz de lo que hubiera podido imaginar.

   Verano, sé que formo parte de esa minoría absoluta de personas tales como socorristas, camareros mal pagados, gente que vive cerca de ferias y garitos varios o sin nada que hacer, que ellos ya se encargan de repetírtelo a diario, pero… ¿Por qué no te vas ya? Te alargas demasiado, y no, no “mola”.

   Creo que nunca os he hablado de mí, (para aburrirse ya están las películas de la sobremesa), pero es bueno saber que en periodos vacacionales guardo a la Vero común y dejo suelto a su espectro, para que le dé el aire. Qué le vamos a hacer, la soledad postadolescente es lo que tiene.

    En uno de mis ratos de aburrimiento crónico, columpiándome de web en web, encontré un álbum de fotos y vídeos de RNE Madrid, del programa “En días como hoy” de Juan Ramón Jiménez, en el que colaboran, entre otros,  Mónica Chaparro y el “caricato, humorista y perroflauta” Dani Martínez, quien me han contado que últimamente es conocido por hacer algunas tonterías, pero eso sí, las justas. En definitiva, algunas de mis joyas radiofónicas favoritas. En ellas se ve, básicamente, el ambiente de un día de grabación: cascos y micrófonos por todas partes, guiones subrayados y más que subrayados pero dejados a un lado (porque en radio al que no improvisa se le llama radioyente), espontaneidad y mucho trabajo.

   Y una, que a ratos se vuelve vieja cual protagonista de Titanic, no puede evitar echarles un vistazo de vez en cuando y image recordar cuando también formaba parte de ese mundo invisible del que sólo nos acordamos cuando toca hacer limpieza, un viaje largo o nos sentimos demasiado acosados por el silencio: el que aparece al encender la radio. Porque no sé de cuantas cosas podré estar orgullosa, pero la que nunca borraré de mi lista es que durante un tiempo, breve pero intenso, tuve mi sitio entre fm’s

   Se podría decir que en aquella época (chu yiars agou) yo era inocente e inexperta, pero si echo la vista atrás soy mucho más inocente, (tonta) e inexperta ahora que entonces. Como todas las cosas buenas, esa oportunidad llegó por casualidad, sin avisar ni nada. No le tenía buscado un sitio donde pudiera quedarse, pero no hizo falta, ella sola supo ubicarse.

  Fueron días de vino (en grandes cantidades) y rosas, aunque estas últimas metafóricas. Aprendí más que en años entre aulas, y lo que es más importante, encontré un cable al que agarrarme: el del micro. ¿Has descubierto eso que realmente te gusta, que no te importaría hacer durante décadas? Cuando aparece sientes un espacio dentro, creo que porque el corazón sube unos cuantos centímetros para dejar sitio a esa ilusión, las pupilas se dilatan y de repente todo cobra sentido, como si se hubiera encendido la bombilla. Sí, las vocaciones son unas de las pocas drogas naturales y buenas que quedan.

   En mi caso, desperdigar mi voz a través de las ondas me sirvió para sentirme completa. No importaban los madrugones, contenidos o cambios de última hora: salir al aire me salvaba del monstruo de mis propias inseguridades. Fui capaz de compartir con miles de desconocidos, que durante esas horas se convertían en amigos, todo lo que el combinado de mi timidez con la fachada de borde no me dejan.

   Conformamos una pequeña familia conocida en cientos de hogares (y bares), dispuesta a dar lo mejor de sí misma en cada programa, que me ayudó a hacerme mayor: no haber acabado ni el instituto no era excusa para no estar a la altura, y me esforcé al máximo para demostrarlo. Coleccionamos anécdotas a raudales, todas juntas forman lo conocido como magia de la radio, supongo. Trabajamos muchísimo, pero reímos aún más, y el resultado valió la pena. Rotundamente.

   No soy propensa a la felicidad, menos si se trata de la veraniega, pero sé reconocerla y reconozco que durante ese tiempo fui muy, muy feliz. Por eso, en eternidades como esta, cuando rebusco monedas para ir a la farmacia y comprar las famosas pastillas para no soñar de Sabina, antes me cuelo en aquel verano del ‘08 hasta que se me pasa. Porque fuimos muy grandes, o al menos eso recuerdo. ¿Y no es verdad que al final lo único que queda y de lo que vivimos es de los recuerdos?

 

La frase: Un hombre de radio sabe cambiar en medio del cambio - Anónimo

Mudando - Mutando

    Quise entrar a la habitación por última vez, para cumplir el deseo que formulaste al aire aquella mañana de agonizante verano. Sé, aunque no me lo confesaste, que antes de comenzar ya planeabas una despedida de película, con miradas columpiándose entre los haces de nostalgia que colgarían del techo y manos temblorosas al aferrar una maleta llena de abrazos que no te habrías atrevido a dar, besos que caducaron en la espera, palabras que jamás te oirás pronunciar. Foto1878 Porque antes de empezar, oculto por tu dosis de quizás, sabías que hay cosas que nunca cambiarán

   Quise entrar a la habitación por última vez, para decirle adiós con tu voz quebrada por los ecos de quienes ya marcharon al olvido, pero no pude. Antes de abrir la puerta comprobé que en aquel sitio no cabía nada ni nadie más. Estaba demasiado lleno de vacío. Escalaba hasta el techo, ocupaba cada estantería, perfilaba un hueco nuevo en tu colchón. Y, a pesar de que te cueste aceptarlo, con el paso del tiempo y sus finales te volverás permisiblemente sumisa, casi temerosa de los rituales del adiós.

     Es por ello que en unos meses preferirás cerrar los ojos hasta llegar a un lugar seguro para la salud de tu memoria y comenzar a asimilar. Es por ello que en unos meses preferirás escribirte una carta de perdón por tus sueños pasados antes que acomodarte en la tediosa realidad: lo que lleves contigo, te servirá para crecer, reír, volver a soñar, perder nociones una vez más. Pero en tu supuesto lugar no dejarás nada, las paredes no se impregnarán de ti. El vacío siempre será más fuerte.

 

La frase: No pocas veces ya he dicho adiós, conozco las horas desgarradoras de la despedida – Friedrich Nietzche

Retazos

   En días vacíos el procedimiento es siempre el mismo: despertar cajas dormidas arriba a la derecha, llenarlas de recuerdos. Desechar otros. Encontrar esbozos pasados. Leer y convertirse en un halo que presencia ese pequeño vuelco que no fue, para no ser aquella que experimenta la nostalgia que se queda

      Una frase cualquiera. Expectación ante la respuesta. Palabras que fluyen de unos labios Labios que son míos. Se apaga el sonido. La realidad queda congelada. Tus ojos se han clavado en mí. Cautos. Interrogantes. Infinitos. No me permito bajar la vista. En realidad no podría hacerlo aunque quisiera. Pero me encuentro cómoda. Relajada. En casa. Me siento en el sofá de tus maneras. Rozo la calidez de la resina que me ha traído hacia este lugar. Convierto en mares las gotas de agua de un reflejo que traduzco a mi idioma. Porque la soledad me ha dado ese don. Porque es mi opción b para conciliar el sueño. Y sobre todo, porque lo necesito. Comprimidos de segundos. Abrumada, salgo de tus cuencas. De tu vida. De mi calma

 

Lo que se llega a encontrar haciendo mudanza

Porque nunca está de más

    Ciñó la lazada de su gabardina para ajustar aquella sensación a sus formas, lo necesario para sentir la calidez que sólo las cosas buenas transmiten. Las hojas caducas la observaron con curiosidad al pasar a contracorriente. En su encuentro veloz no acertaron a descifrar el enigma de su sonrisa grabada en cada sorbo de piel.

  El eclipse de agujas en el reloj arrojó a decenas de viandantes a la calle. Empequeñecidos por el estruendo de sus propios pensamientos. Condenados a desgastar sueños al arañar el pavimento. Heridos en lo más profundo de sus imagerutinas por aquella que casi levitaba al rozar levemente las aceras mojadas a su paso. Algunos incluso aparcaban su carga infinita de pesares por un instante para contemplarla mejor. Su imagen era un gesto de alivio entre el humo de la ciudad.

    Continuó su paseo entre gritos camuflados en cláxones enervantes, observando las hileras de personas grises a caballo entre la pena y la compasión. Estaban tan lejos de ella… El guiño de un semáforo cambiante de dedicó un abrazo de neón.

  Y es que esa confesión que se realizaba al caminar bien valía una mirada de felicidad a su alrededor. Prisas, atascos perpetuos, agobios contagiosos… No tenían cabida en su pequeño universo de ámbar. Ahora tenía algo más importante, capaz de templarle el cuerpo y abstraerle de la ponzoña urbana. Una llama en los ojos a medianoche, un secreto alternativo de los que suelen gustar… Ahora tenía una ilusión

 

La frase: Hay algo que da esplendor a cuanto existe, y es la ilusión de encontrar algo a la vuelta de la esquina - Gilbert Keith Chesterton

Ruido

    Otra vez no. Definitivamente, hay rutinas a las que nunca sabrá atarse. De nuevo, los nueve ecos de luz que anuncian la hora de levantarse no supieron llegar solos. El ruido tuvo que acompañarlos. Y ya van tres semanas. Y con este harán veintiún dolores de cabeza. El suelo vibra. Los cristales de la puerta arañan a la madera. Y a su paciencia. Es algo más que un combinado de movimientos monótonos y voces mecánicas arrasando con cada piedra que intenta aguantar estoicamente. Es una tortura. No pueden vivir. No les dejan. Ocho horas de socavones sin agujero, destrozos de guerra en tiempos de paz superficial.

   Las máquinas acribillan sus mentes, retuercen cada pensamiento. A cada golpe un latido, un paso, una sílaba incompleta. Sus reflejos furtivos les sorprenden: a estas alturas esperaban una imagen de sí mismos más robotizada. Ya no recuerdan a qué sabe el silencio. Se preguntan si los niños seguirán riendo con ese tintineo de feria de mayo que armonizaba las tardes; cuándo desaparecerá el temblor que regala vida a las paredes. Impacientes aguardan un paréntesis de oxígeno en medio del aire contaminado por delirios y polvo. En la espera se deshacen las últimas hebras de cordura

    Y no sólo la calma huye de aquel lugar. También lo hacen los portadores de maletas sin billete de vuelta. Incapaces de soportar un sólo golpe de martillo más. No pueden permitir otro atentado contra la normalidad. Empacan su vida reducida a una docena de fotos. Rodean un día demasiado cercano en el calendario. Aceleran su momento. Y vuelan mientras el aroma de un cuerpo ausente dicta los movimientos de las agujas. Hay que entenderlo; si la justicia existiera todos desfilarían al compás. Pero la comprensión no anestesia. Ni consuela. Ni siquiera el ruido es lo suficientemente alto como para no escuchar los gritos del vacío.

   

La frase:Meter mucho ruido no disminuye el dolor – Giovanni Boccaccio

Últimas postales desde París

   El pesado aire nocturno les invitó a dar vida a la callecita dorada que en su final custodiaba aquel tesoro, como la elegancia de la mariposa sucede a una larva gris. Alineados en un rincón, contemplaron divertidos aquella fusión de deportes, coreando risas, jugando a revivir etapas pasadas. Se sentían imbatibles, eternos… felices, aunque lo sabrán después, cuando los colores de este momento destiñan al ser lavados por la memoria demasiadas veces.

    Se dejaron acunar por la tregua de la juventud. Sintieron al compás la caricia de la complicidad. Arriba se urdían malas artes y conjuros de amargura, pero no les importaba. Juntos conseguían imaginar la inmunidad.

   Sentada en aquella fila de animadores espontáneos, allí estaba ella. Tal y donde siempre había querido imaginarse, porque ni siquiera había tenido valor para hacerlo. Compenetrada con el ritmo del balón, intentó construir una barrera contra sus pensamientos. El cielo y quien en él habite bien saben que lo intentó. Habló. Habló sin parar para hacerles frente, se centró en las imágenes que saltaban de una pantalla en manos cercanas, retales de emoción que casi podían rozarse. Se mintió a sí misma. Casi consiguió olvidar todo… Pero una mirada bastó para derrumbar su muro de valeriana.

    Sus pupilas trazaron la ruta del esférico por decimosexta vez, pero la concentración es demasiado volátil en noches perfectas. En un descuido del subconsciente, sufrió un choque mortal contra esos ojos inocentes. Siniestro total. En el parte de incidencias alegó una única razón en su defensa: la colisión había sido inevitable por la melancolía abstraída que nublaba todo. En el fondo sabía que lo había hecho a propósito: era su último intento de encontrar el brillo de ilusión y ganas de coleccionar hazañas que había disfrutado durante tantos meses. El accidente fue en vano, como todos: los ojos del Peter Pan que le había enseñado a crecer acuchillaban el asfalto. Empañados. Sumisos. Nostálgicos… diferentes.

   Y entonces todo desapareció. Los muros, la dictadura del silencio, el bloqueo a la lógica. Se sintió desnuda, indefensa, arrojada a la verdad sin el salvavidas de una mentira piadosa. Su corazón se horrorizó e intentó escapar de la coraza, pero fue inútil. Pobre bombeador de esperanzas…

   Volvió al silencio del reloj de esa misma tarde, cuando comprendió que no se despediría de la valiente que tanto le había enseñado sin querer. No podía hacerlo. No era capaz. Decir hasta pronto o cualquier otro parche equivalía a excavar la herida inevitable que se esforzaba en coser cada noche; era una Penélope sin telar. Prefirió dejarla ir y enfrentarse a su hueco vacío en el salón cobijada por un argumento. Porque siempre le sobraban argumentos. Habría salido con unas amigas. Estaría estudiando. Su risa aún amparaba la escalera. Aquel guiño a lo Sailor Moon continuaba latente… No, no se había marchado. Sólo reservaba su presencia, al igual que haría en unos días el chico cuya mirada esquivaban la realidad. Y sin embargo, cuanto más se afanaba en engañarse censurando despedidas más le dolían. Incluso las que no habían llegado, pero lo harían muy pronto.

   Lloró por dentro, empujando lágrimas para dejar sitio a las miles de sonrisas que fabricaría. No sabía cómo, pero tenía que guardarlas para sacarlas en alguna de las muchas emergencias que se auguraban. Disfrutó de aquel instante en familia como quizá pocos sepan hacerlo. Le regaló un abrazo secreto a quien se resignaba a decir adiós en unas horas. Miró a esa luna ilicitana una vez más. Pero esta vez no buscó respuestas, sólo supo conformarse con lo vivido. Y agradecer, agradecer mucho por aquellos momentos en los que la felicidad casi se tornaba rutina. Porque la melancolía sólo es plena, verdadera y soportable cuando tiene un motivo tan profundo y agridulce como aquellos ojos que se recomponían para mirar por última vez a los causantes de sus muchas alegrías pasadas.

 

La frase: Poder disfrutar de los recuerdos es vivir dos veces – Marco Valerio Marcial

En la mesa.

   Las sentencias dictadas por sus tacones recorren el pasillo. Una vez más. Vuelve a contonearse entre los comensales. La ropa ceñida estiliza esas curvas imposibles. El estruendo de su risa silencia a los presentes. Cuando ella aparece, el buen ambiente salta por la ventana. Lo sabe. Le gusta. Una prueba más de que aquel puñado de perdedores la envidia. Ellos querrían sentirla. Ellas, imitarla. Pero no pueden aspirar a conseguirlo. El glamour de su mundo les cegaría con sólo imaginarlo.

    Se sienta, estremeciendo su silla y, contagiando el movimiento a las contiguas. Arroja el plato a la mesa. Analiza la comida e intenta afear su cara con una mueca de asco. No me gusta. Es la frase maestra. No le gustan las verduras, no le gusta la pasta, detesta el pescado y que nadie le hable de la carne. En realidad sabe que está bueno. Condenarlo con aquella expresión es su forma de hacerse notar.

   Carga parcamente su cuchara. Una. Dos. Tres. A la cuarta anuncia que está llena. Como si en aquellos meses se hubiera ganado la preocupación del resto de la mesa. Añade que es por la dieta. Tiene que bajar unos kilos. Y aquel cuerpo escultural desaparece por las entrañas de la cocina, volviendo a su habitación con el estómago engañado y su ego triunfante. Aliviada de haberse deshecho una vez más de los ojos verdes que se clavan frente a ella cada comida.

   Otra vez lo ha vuelto a hacer. Pasea el plato. Lo maltrata. Lo desprecia. Teje un sinsentido de modelos, básculas y adelgazamientos. Mientras, estira la espalda, para que su suposiciones de gordura choquen contra las costillas que se marcan a través de la camiseta. Después se va. Su figura en la silla de enfrente es sustituida por gritos. Porque a la chica que se sienta enfrente de aquella beldad le encantaría gritarle, salir de su taciturnidad y levantarse, abriendo mucho sus ojos verdes, hasta reprenderla con ellos también.

   Elevaría el tono y con él el vuelo de las palomas de la plaza, asustadas por tal escándalo. Le pediría que no menosprecie el esfuerzo de la cocinera, que no tiranice la mesa. Pero por encima de todo, le mandaría callar. Porque ella no sabe qué es sufrir por comida. Contar las raciones. La grasa. Los sueños que se van con la autoestima. No tiene ni idea. Nunca derramará lágrimas al váter después de vomitar. Dos veces al día, como píldoras de placebo. Esa maniquí no sufre las consecuencias de una locura años atrás.

  Sus piernas no tiemblan cuando el estómago se estremece después de comer. Jamás se encerrará en el baño y arrojará el contenido de su cuerpo en él sin querer, porque repele lo digerido. Porque así le enseñó a su fisionomía, aunque ahora le pese. Esa no ha tenido que probar a conciliar el sueño fabricando excusas tontas para la próxima vez que tenga que faltar a sus compromisos al no poder ni moverse de la cama. Su cara no palidecerá. No sentirá miedo al probar el primer bocado y preguntarse si su cuerpo se rebelará una vez más contra su voluntad. Por muy diferentes que sean, espera que no llegue el momento en el que baje de su divinidad para maldecir cada uno de los momentos en los que se sintió fea y atentó contra sí misma.

A pesar de todo, de corazón desea que eso no le pase. Porque ella sí lo sufre. Sabe lo que es. Y no pasará ni un sólo día de su existencia sin querer volver atrás para aprender a quererse.

 

La frase: Que la comida sea tu alimento y el alimento de tu medicina - Hipócrates

Epílogo de memorias

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“… Caminante, no hay camino / se hace camino al andar…”

    Releyó por última vez su poema favorito antes de emprender el viaje. El sol se columpiaba en lo alto cuando decidió que era el momento de partir. Al otro lado le esperaba una vida mejor, o al menos eso prometían los acogedores carteles de la ciudad.

   Caminó nostálgica de lo que las piedras le contaban a modo de anécdota. Conservaba la esperanza de que la línea de la vida no alterase la de su suerte, pero no supo engañarse; la ruta hacia un mañana suele ser demasiado larga, profunda y despistada como para traer y llevar noticias. Se autoconvenció de que no debería importarle, merecería la pena. Tenía que merecerla.

    Llegó a la entrada de la urbe, con las pupilas ardiendo entre letreros de neón. Un vistazo hacia lo recorrido bastó para caer en la cuenta de todo lo que había dejado atrás. Entre la incertidumbre de lo desconocido asomó una verdad, quizá la única que le acompañaría a lo largo de su aventura: se encontraba frente a frente con el futuro. Por primera vez todo dependía de ella, cada paso tendría una consecuencia. El éxito se escondía entre las aristas de esas calles. Sólo tenía que ir en su busca.

 

La frase: Las personas y pueblos en decadencia viven acordándose de donde vienen; las personas geniales y pueblos fuertes sólo necesitan saber adónde van. - José Ingenieros

 

… A una tejedora de imposibles

TULIO.- ¡Sí, hombre! ¡Chiquillos todos, como tú! Sueña Tomás. Me arrepiento de habértelo reprochado. Es nuestro derecho ¡Soñar con los ojos abiertos! Y tú los estás abriendo ya ¡Si soñamos así, saldremos adelante!

ASEL.- Hace tiempo que me pregunto si no somos nosotros los dementes. Si no será preferible ojear bellos libros, ver neveras, coches… Si Tomás no fingía, su mundo era verdadero para él, y mucho más grato que este horror donde nos empeñamos en que él también viva. Si la vida es siempre tan corta y tan pobre, y él la enriquecía así, quizá no hay otra riqueza, y los locos somos nosotros por no imitarlo.

Antonio Buero Vallejo. La Fundación.

 

   Chocarás con muchos portavoces de la razón, aunque en realidad no sean más que meros repetidores del eco que resuena por inercia. En algún tramo del camino se apropiaron de verdades ya inventadas que intentarán dibujar a fuego en tu piel. Fruncirán el ceño a tu paso, quebrarán el reflejo de tu calma, envidiarán los desmotivos de tu sonrisa… Lo sé porque soy una de ellos. Hoy caí en la cuenta, revelé mi posición al resto, y mientras espero mi ingreso en el mundo de lo común vacío los bolsillos de consejos que mañana no me permitiré regalarte.

   Así que aprovecha que los haces dorados de mi ventana aún destiñen delirios para insomnes. Y sueña, dale un voto de confianza a tu imaginación para que ella te entregue lo mejor de la vida, quizá eso que no existe ni hay forma de inventar. No quiero tener la responsabilidad de saberlo pero sí la oportunidad de alentarte en tu vuelo sin motor para que llegues a coronar el cielo sin dejar tu cautiverio de arena desnuda.

  Disfruta de tu propia realidad y ofrécenos un pedacito al resto; el mundo es un mosaico de historias a la espera de ser narradas y en todo buen relato hay una parte de ficción. La magia reside en eliminar los límites entre vivencia e ilusión; lo que sucedió una vez y el producto del deseo que, bien contado, esboza una puerta a la felicidad.

   Cubriste la respuesta con paños de fantasía, mudándote al horizonte de la locura que comienzo a comprender, falsamente esperanzada ¿Pero eso qué importancia tiene? No permitas que otra corbata gris dicte fronteras y te agarre del tobillo, fijándote de nuevo a la fría realidad. Nadie puede hacerlo si no tiene nada más consolador que mostrarte. Si todo es tan descorazonador, nadie delinquió lo suficiente como para ser condenado a convivir con la realidad. Vacía. Cuadriculada. Cruel… Desenjaula los pájaros de tu cabeza y disfruta de su vuelo. Es lo mejor, y quizá lo único, que merece la pena.

 

La frase: Como todos los soñadores, confundí el desencanto con la verdad. –Jean Paul Sartre

Interiores meteorológicos

   El tiempo anunciaba tormenta… O quizá nunca había dejado de llover. Con un golpe brusco cerró la cortina de sus pensamientos, fingiendo creer que así desaparecerían. En lugar de ello se filtraban entre las fibras de aire que erizaban sus sentidos. Sería conveniente reaccionar, pero exhibir una mueca de asombro a la nada era algo demasiado trabajoso. Las briznas de desencanto aletearon al viento una vez más, tornándose lluvia con el roce del cristal. Sin duda, aquel suburbio perdido en el País de las Maravillas no era seguro en tardes de calma relativa.

    Volvió a dejarse absorber por jeroglíficos devoradores de papel, haciendo suya la pose de responsabilidad. Leer, atender, memorizar… Un eslabón más en la cadena de antesalas. El cian que teñía los bordes del folio indicaba los momentos en los que había fluido entre sus dedos la sensación de fin. La misma que le sacudía cada recoveco, almendraba sus ojos y expectaba al ambiente. Era entonces cuando trepaba por su imaimageginación, aovillándose frente a la caja de caricias, con llave pero sin cerradura.

    Emparedada en el reloj, escuchó el siseo de unos pies bajando la escala en fa menor que presidía su vida. Sonrió para sí, mesando mechones sin sentido con la esperanza de convertirlos en ondas doradas. Ensayó frente a la pared su  sonrisa menos lastimosa, y desempolvó un argumento cualquiera. Hasta su espalda simuló la postura majestuosa de un cisne; durante unos segundos al día se permitía soñar.

   Pasó un sol, una nube, el satélite que se perdió aquella noche de silencios tópicos…. Cuando las primeras gotas suicidas iniciaron su impacto imparable contra el suelo, la luz que coloreaba el vidrio agonizó, y ella comprendió lo evidente: ese grito en el vacío era el sustituto del material con el que se construyen realidades ajenas.

 

La frase: No se debe exigir nada a la vida sino esperar, algún día nos sorprenderá - Anónimo

“Contigo todo tiene sentido…”

… ¿Desde cuándo eso es un halago? Cuando algo cobra sentido automáticamente se vuelve frío, monótono… Común. Lo archivamos en el cajón de lo rutinario, hipotecamos su brillo ¿Y quién quiere simageer el causante de que otra persona se rinda a las leyes de la lógica?

   Necesitamos tener a nuestro alcance un por qué que nadie entienda, quizá ni nosotros mismos. Que deserte de la norma, cuadrando el círculo de las ideas para sentirnos vivos y autoconvencernos durante unas cuantas lunas más de que somos distintos al resto.

     Y puede que, después de todo, la felicidad sea eso: sentarse en un arco iris helado, jugar a filosofar, reflejar modelos en espejos cóncavos… Salvar ese efecto fugaz que alguien llama tiempo en el arqueo de pestañas indicador de que, al volver sobre nuestros pasos, nos cobijaremos en aquel sinsentido hasta que escampe la tormenta de nostalgias azules.

“Ojalá algún día desnudes de lógica una vida”

La frase: Sentido común, algo así como salud contagiosa – Alberto de Moravia

Otra página escrita

   Pulsa aquí para leer el reportaje

 

   ¿Qué entendemos por ganar? En estos momentos no me siento capaz de responder; qué puede esperarse si ni siquiera termino de asimilar lo sucedido en estas últimas horas. Esta nebulosa de recuerdos rápidos y sonrisas afables es demasiado cómoda, y tardaré unos cuantos días más en salir de ella.

    Pero volver tras lo andado pasa de ser un vicio a una necesidad, es la última oportunidad para valorar aquellos días de reportaje con otros ojos.

   Quizá el recuerdo más nítido sea la apacible tarde de marzo en la que hablé por primera vez con Marisol López, presidenta de la Asociación de Vecinos de los Palmerales y puede que la persona con más coraje que he tenido la suerte de conocer en mucho tiempo. Cuando le mostré mi interés en su caso para este concurso me dijo “ganarás”. Sin embargo no me siento ganadora, no cuando al releer mi reportaje vuelven a esta habitación las horas pasadas en los Palmerales esquivando lágrimas ajenas que por unos días me fueron tan propias, historias con nombre y apellidos que aún continúan luchando por sus derechos más básicos.

    Unos cuantos titulares hablando de este premio y algún minuto perdido en la caja tonta no les  devolverá su hogar. Esa es una de las partes más duras del trabajo del periodista (o intento de ello) cuando se implica en lo contado: impregnar sus palabras de realidad no basta. La solidaridad con los más débiles, los que sobreviven a las circunstancias luchando hasta que llegue un milagro, crea una empatía que se convierte en frustración al caer en la cuenta de que este trabajo “sólo” les da voz, no termina de raíz con el problema. Quienes sí tienen ese poder no pasean por aquellos barrios.

  

 

 

 

    Sólo me queda agradecer profundamente a mucha gente. Hasta los que jugamos a hacer puzles con palabras a veces las perdemos, y aunque aparecieran sabemos que no son suficiente para expresar las cosas más importantes.

    Gracias a mi familia, ávida lectora de mis delirios maltratadores del papel. A mis chicas extra- ordinarias, por ser el apoyo que cualquiera desearía, firmes animadoras en todo momento. A ellas y al resto de primero de Periodismo mi cara de querer más emocionada después de todo el cariño que he recibido de ellos, tan felices esta mañana que me han recordado por qué merece la pena seguir pensando en imposibles.

   Gracias a Joni, quien, aunque tarde, siempre acaba leyendo y, según él disfrutando mis historietas, a sabiendas de que valoro muchísimo su opinión. También a Natalia, siempre cerca a pesar del kilometraje.

  A todos los que componen esta jaula de locos, también conocida como residencia, que hace mucho tiempo dejaron de ser compañeros para pasar a hermanos, sobre todo a Anita por ser el aguante perfecto en horas altas y bajas, soportando pacientemente mis quejas y locuras, a Manu en esos ratillos de desconexión mundana, Edorta por creer en mí cuando yo lo doy por perdido. Tampoco puedo olvidarme de Arantxa, la mejor guía que podía imaginar en estos caminos atzavareños, ni a Charo, sin duda  la madre que todos querríamos encontrar en nuestro lugar de destino.

  Mi agradecimiento a todos los que pasan por mi vida a diario, permitiéndome llevarme de ellos un trocito, especialmente a quienes visitáis este rinconcito de la blogosfera y le dais razón de existir. Y gracias a ti; ese domingo de ideas entumecidas y devoción sin fe volviste a recordarme por qué todo termina saliendo bien.
 

 

El secreto de la felicidad no está en hacer siempre lo que se quiere, sino en querer siempre lo que se hace - León Tolstoi

Conclusiones en voz alta

   Es curioso: te eché de menos antes de que tuvieras que marcharte, como si en la calima de tu piel llevaras escrito que eras ave de paso; el menor de los movimientos desencadenaría una tormenta de maletas vacías y billetes a ninguna parte. Son ese tipo de presentimientos que llevan al resto a alejarse: nadie escucha historias de las que no puede participar. En cambio yo me aferré a los secretos que ocultaba esa serenidad que desprendía tu figura melancólica, la misma que irradiaba un dulce candor uruguayo.

   Trescientos días y una noche forjaron nuestros caminos; un tropiezo del azar, de los que no sufrimos pero duele igualmente, nos obligó a buscarnos en el mapa, cumpliendo la profecía de que los meSin títulojores siempre se marchan. Supongo que hacéis falta en demasiadas partes.

   Desde que llegó la desesperante calma, los días se van al buscar jirones de abrazo entre pantallas, coleccionando tantas confesiones como píxeles tiene un email. Faltan hadas en el ambiente, cuadernos tímidos, la D de amistad . Silencios. Y faltas tú, que te has sustituido por una voz que camufla sus emociones a fin de mes ¿Por qué no saltas de tus fotografías y vuelves a brillar? Más silencios.

  Y en días como este, de abrazos racionados y recuerdos en tecnicolor, caminas a mi lado. Y vuelves a saludar a las aceras extrañadas que se cruzan, abrazada por tu mochila negra, esbozando la lejanía al combar distancias con la melodía de nuestro exilio: “asegurarme tu sonrisa es mi rutina preferida, acelera el pulso al tiempo, en un momento estaré allí…”

Nanny, eres muy grande :)

La frase:  Tener a alguien a quien extrañar no es un motivo para llorar, sino para luchar

Ganaron la guerra, perdieron la historia

   Este 14 de Abril me afectó más que de costumbre; quizá porque fue la primera vez en la que al llegar me encontraba medianamente desocupada; puede que por estas rachas filosóficas propias. Sea por lo que fuere me animó a releer uno de esos grandes regalos de la inspiración humana: Soldados de Salamina, capaz de abrir la puerta de la memoria olvidada, un poco por el inevitable paso del tiempo, el resto por esa manía incurable del ser humano para evitar aquello que le daña y avergüenza.

  Soldados de Salamina es un homenaje a los caídos en una guerra tan absurda como tantas otras, enfrentamiento entre ideas e intereses que supuso el fin de la vida y comienzo de la supervivencia para miles de personas. Entre ruinas, miseria y a lo largo de los años oscuros de desencanto podríamos encontrar cientos de historias personales. La mayoría de ellas condenadas a morir en el silencio pero merecedoras de ser rescatadas y expuestas, porque sólo conociendo el pasado podremos aprender a vivir el presente.

      Javier Cercas, protagonista y a la vez autor, se enamoró de uno de estos relatos abandonados a merced del tiempo, el del escritor e ideario de la Falange Rafael Sánchez Mazas. Deseoso por encontrar, si es que existe, ese motivo que llevó a un joven soldado republicano a perdonar una vida después de haber acabado con tantas, trata de materializar un recuerdo y devolver a este mundo a quienes ya lo abandonaron, personalizados en el anciano Miralles, quien apura sus últimos días lejos de lo que fue, y aún más de lo que debía haber sido. Y es que ni siquiera en una guerra alguien merece ser olvidado

  En esta, más allá de los vencedores y vencidos, hay una perdedora común: esa España que fue condenada a cuarenta años de decadencia en los que el poder hizo que se olvidara la ideología por la que se luchó, abandonándose a la dictadura del más fuerte. La misma que llevó a miles de exiliados a dejar atrás aquellos rasgos que nos convierten en algo tildado como “personas”, para convertirse en simples máquinas de matar bajo el nombre de patriotas. La campaña de África, la II Guerra Mundial…. Qué más da el nombre del combate, si lo amado, esa España que antes rezumaba libertad, queda moribunda a sus espaldas.    
 

   Las tristezas de quienes se ven obligados a partir hacia lo desconocido, la angustia de quienes se quedan bajo un sueño que ya no les pertenece… Todo ello queda plasmado en el pasodoble que una noche de verano Miralles y Luz bailaron bajo un claro de luna, que una mañana invernal un soldado bailó con su fusil en un monasterio que ya había sido abandonado de la mano de Dios y que tantos acogidos por Francia llevaron en su corazón. Suspiros de España representa el lamento de una generación perdida entre balas y odio, y cobra especial importancia en el libro al mostrarnos “esa insondable alegría, que linda con la crueldad y se resiste a la razón” de quien en medio de la tragedia aún busca la esperanza.

   Soldados de Salamina representa una de las últimas bocanadas de oxígeno para personajes que cayeron en el olvido, aquellos que ya no son recordados con estatuas y nombramientos; otros condenados por la historia y que nunca los tuvieron, pero que tanto unos como otros merecen ser recordados para que su memoria persista: “hay momentos en los que toda la civilización pende de un solo hombre y de ese hombre” . En algún momento, ellos fueron esos hombres, aunque la historia les haya pagado por un olvido que mediante obras como la que nos ocupa se intenta alejar.

 

La frase: No sé quien dijo que, gane quien gane las guerras, las pierden los poetas. Es verdad que las guerras se hacen por dinero, que es poder, pero los jóvenes parten al frente y matan y se hacen matar por palabras, que son poesía, y por eso son los poetas los que siempre ganan las guerras... – Javier Cercas